Lo que leerás a continuación es un boceto de lo que una vez fue un sueño de escribir un libreto para un corto, nació de tardes de soñar despierto con hacerlo realidad, me hubiese gustado darle un mejor toque al final, pero para cuando iba por la mitad pasaron muchas cosas que me desanimaron para continuar con él, sin mas preámbulo, aquí les presento…
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La Mujer de Laguna Santa
Sofía se para tras la puerta de pantalla y grita “¡Ten cuidado con Gloria!”. “¡No demasiado alto!”. Estoy lanzando a Gloria al aire. Trato de imaginarme lo que está sintiendo. Qué se siente volar.
“¡Mírame!” Grita Gloria mientras sube, con una cola sujetando su cabello. Para la vida que llevo no puedo recordar siquiera qué edad tiene. El sol castiga mis ojos, la aviento hasta donde llega a interponerse entre el sol que deslumbra y mis ojos, Se preparara para su descenso, la alcanzo y la agarro por la cintura.
“¡Sí!” grita Gloria, ¿Me viste allá arriba?” Le grita a su madre, Sofía se ve soñolienta, abre la puerta de pantalla, cruza sus brazos e inclina su cabeza contra el marco de la puerta, mira muy lejos, como si me viera partiendo en vez de regresando. No puedo decir si sacude la cabeza porque mi regreso ha cambiado las cosas una vez más, o porque se sacude algún extraño y lejano pensamiento. Algunos amigos dijeron que éramos el uno para el otro, ya no estoy tan seguro de eso. Ella espera mi “Hola”. Y eso lo sé, solo me queda reír en mi locura.
Trato de recordar la primera vez que Sofía y yo hicimos el amor, fue grandioso, recuerdo que reíamos, recuerdo que era afuera, levanté y monte a Sofía a mis espaldas, con sus piernas apretadas alrededor de mi cintura, era agosto y quedaban algunas horas antes que el sol se ocultase, recuerdo girar alrededor, tropezar y caer hacia atrás, el dolor nacido de la impotencia, y de la tierra repentina y de algún modo sus rodillas lastimándome, éramos un nudo, recuerdo a Sofía riendo y diciéndome despreocupada, “¿Estás bien cariño?”, en mi interior duele como el infierno, Sofía sobre mí mira hacia abajo, le doy la vuelta y mira al cielo todo azul y abierto arriba. “Te amo”, dijo ella, “Te amo perfectamente”.
De aquellos tiempos no queda nada.
Sofía da un paso y se aleja de la puerta donde apenas la puedo ver. “Gloria”, llama a mi hija, “¡Ven, ven ahora!”. Columpio a Gloria alrededor de mí y estoy a punto de ponerla en el suelo y mientras hay todavía algo de sol, busco en la mirada de Sofía eso que quisiera encontrar pero me rechaza al cerrar sus ojos, tal vez para bien. Me rindo al tratar de buscar esa chispa en sus ojos, esa chispa que me regalaba a diario hace años y pongo a Gloria en la grama.
Ahí va la pequeña, revoloteando, al subir las escaleras, y al llegar al descanso se detiene y voltea, y dice, “¿Viste?”, señalando la mancha de salsa en su camisa “Comimos perros calientes”
Sofía sale de la puerta a la media luz con una bebida en la mano, es ahora que puedo decir que ha tomado más de unos cuantos tragos. “¿Todavía puedes mover las piernas?” Me pregunta, como siempre atractiva, y de un tiempo para acá borracha, caminando descalza hacia la baranda de pórtico, lento y flojo su caminar, con una falda más corta de lo que deben ver los vecinos y una franela vieja que deja ver que no tiene sostén. Su cabello rojo, suelto y sus caderas que simulan la más divina de las esculturas.
Ella me enamoró la primera vez que la vi en aquel concierto, fue entonces cuando pude decir “Me enamoré a primera vista”, no sé si puedo decir lo mismo de ella, ya que no me atreví a hablarle si no dos años después de que la vi por primera vez, pero como valió la pena, su voz se escuchaba ronca de tanto fumar monte, pero aun así sonaba como campanas en mi mente, su aliento a cerveza me hacia sentir feliz solo por estar con ella.
Puedo oír la voz de Bienvenido Granda que viene de dentro de la casa. La canción es “Gardenias.” Mi favorita, estoy tan mudo como impotente. Como aquel día en agosto. “No contestes ahora mismo,” dice ella, levantando la bebida a sus labios.
Ella, ella solo habla sin sentido lanzando miradas fáciles de descifrar, miradas que no tienen nada que decir. Ella inclina su cabeza a un lado. Mira distante hacia el sol. Ella canta junto con Bienvenido ahora, suavemente, casi en un murmullo, con un pequeño oscilar de su cabeza – y mira como si quisiera llorar pero se le ha olvidado como. “¿Cómo olvida uno el pasado?” Me pregunta, mira más allá de mí, “¿sabes cómo?”.
Quisiera tener algo que decir. Quizá un cuento para contar. Pero no tengo las palabras ni lo que hace falta para decirlas. “No sé”, digo. “No tengo la menor idea.”
“Así” dice, vaciando el vaso en el suelo, mirándome como si yo debiese saber como. Mirándome como si la decepcionara una vez mas, nada extraño, “Es tan sencillo.” Me dice con una voz que se quiebra por su llanto.
Atrás de mí, nada, solo el sol y la brisa en mi espalda. Ella mira y dice “Calla ahora”, y se lleva el dedo a los labios. Ella se parece a un ángel que calla al mundo para escuchar lo que pienso. Un ángel en la flor de la puesta del sol.
“¿Recuerdas el poema que alguna vez me escribiste?” Me pregunta, “Claro que si, lo recuerdo y lo siento”, le digo arrepentido, “¿Por qué lo sientes?” me pregunta con una lagrima en sus ojos “Por haber olvidado que se siente estar sin ti”
“Con las palabras desgarrándome lentamente, confundiendo el paso del tiempo, paro cardiaco parcial, esperando que algo pase, confundiendo el paso del tiempo, pero el hecho de insistir, me hace pensar que todo terminará, confundiendo el paso del tiempo, y cada vez que bajo el volumen de la radio, todo lo que escucho es el sonido ensordecedor, del latir de tu corazón, pero el hecho de insistir otra vez, me hace pensar que todo terminará, confundiendo el paso del tiempo, hoy, es el día mas largo, escuchando y repitiendo cosas que dijiste, confundiendo el paso del tiempo, puedes escuchar el vacío que describo, que te puedo decir ¿como suena la soledad?, confundiendo el paso del tiempo, pero el hecho de insistir, me hace pensar que todo terminará, confundiendo el paso del tiempo”. – Poema a Sofía, 1983 -
“Ven aquí,” Me dice, y cierra sus ojos. “Ven y baila conmigo”. Puedo decir que esta mujer todavía me ama, pero hay algo mas que el amor, y de eso estoy seguro, algo que no nos dejó continuar. Me muevo hacia ella por el césped sin cortar. Tomo los pasos de uno en uno. Y me coloqué atrás de ella. Su cabeza gira, luego el cuello. Estamos frente a frente, bajo el sol, mis brazos alrededor de su cintura, y por un momento parece como si el sol subiera y estamos en el otro lado de cosas. Y es como si yo hubiese soñado todo esto, mi cuerpo se deja llevar otra vez. Y si cierro los ojos por un minuto, estaré perdido
Ahora tengo 51 años – dejé el sur de Laguna Santa cuando mi cuerpo estaba en forma y mi cabello era negro. Ahora ya no soy la mitad de lo que solía ser, y después de tropezar por años en el vaivén del alcohol, mi hígado, ha decidido tramar contra mí.
Pienso en la noche que partí. Borracho como de costumbre. El boleto de tren en la mano. Gloria esta arrodillada en el centro de la habitación coloreando, mientras Sofía y yo discutimos. Discutimos entre dientes lo suficientemente bajo como para que Gloria no nos pueda oír. Ese día dejaba Laguna Santa para ir a Canaima en busca de algún trabajo como minero, trataba de obtener de Gloria todo su entusiasmo, de que ansiara mi regreso. “Te voy a hacer famosa pequeña” dije. “¿Que tal te parece eso?” Pero a Gloria a temprana edad se le había olvidado como creer todas mis mentiras, ella sabía que el alcohol me hacia hablar de más.
Y allí estaba Gloria, yo estaba listo para irme. Una lagrima recorrió su mejilla, y apreté su cara contra mis jeans grasientos. “¿Tu quieres venir con Papá, o no?, seguro que si”.
Sofía lloraba en la cocina cuando me fui. Yo me iba para no volver y si aun así volviese nada iba a ser lo mismo, sin embargo todo cambiaría, algo confuso, algo borracho y nada normal, pero Sofía y yo siempre fuimos así, Karol mi prima siempre decía, “Un Sagitariano y una Capricorniana nunca se llevaran bien” vaya si tenia razón.
Gloria se asomó por la ventana, yo tambaleaba para subir al camión, – “¿Vas a venir o no con tu papá?”, “¡Apúrate!” Le grité, “¿Vas a venir o no?”, “¡No tengo toda la noche para esta mierda!”, Así deje a mi pequeña y a mi venusina que tantas estupideces me aguanto, a uno deberían pedirle licencia para casarse y tener hijos antes de cagarla, no cualquier hijo de puta debería socializar.
Ahora ellas colorean el cielo en una hoja de papel en algún lugar, lejos, algunos arboles y un río, un globo rojo arriba – a Gloria le encantaban los globos – encima del sur de Laguna Santa, globos que se dirigen al río Pescadores. Y Sofía, de todas las mujeres, la mas fuerte, se asienta, y sumerge su cabeza en el río, dónde los sonidos de la locura cesan, donde la luz no la puede alcanzar, la mujer de Laguna Santa.
Me levanto y me dirijo al fonógrafo. El padre de Sofía era un demonio de la salsa y él la dejó con los mejores; Colón, Lavoe, La sonora, D’Leon. Cojo el disco de Ismael Miranda, que Sofía me dejo traer y “No me digan que es muy tarde ya” es lo que suena, ¿apropiada no?.
Cruzo la puerta de pantalla, el exterior es oscuro y las nubes se instalan. Los olores de la lluvia se respiran en el aire, me asomo a la Calle de Bailadores, el lado inquieto del pueblo.
Llueve en el sur Canaima, mientras bailo conmigo mismo y con la botella, ya ni recuerdo quien canta lo que suena en el pick up, afuera se escucha el aplastar de una lata por el pie de un vagabundo, ama el sonido del dinero bajo sus pies, arriba por la calle, mi gente, sus voces son el resultado de una garganta quemada por el aguardiente, hacen su camino dentro de los bares de Bailadores.
Toso y mi memoria resbala hacia atrás a donde hace años el primo Frank y yo nos vimos parados bajo una luz de neón en Pesares. Los chicos huérfanos de padre sin zapatos, con de caras quemadas por el sol, enajenados y necesitando la compañía de otros. Preguntándonos por qué nuestras madres nos tomaron de Libertad a Pesares. Preguntándonos por qué tanta gente viajaba a pesares para beber y algunos yuppies drogarse cuando nosotros solo queríamos irnos a la capital. Necesitando hablar con otra gente, con ganas de tocar a una mujer a causa de las hormonas en la sangre. Frank y yo, sin la guía que necesitábamos y sin conclusión alguna, huyendo hacia el calor del mundo del aguardiente.
Es de mañana temprano, casi alba, he regresado a Laguna Santa y esta como la deje. Afuera caen unas cuantas gotas de lluvia, y yo miro a Sofía. Esta en su bata. Su mirada está enfocada a mi pero no es de este mundo. Está en los cielos, y se parece a un ángel otra vez. Un ángel demasiado distante para ver el error de vida que ha escogido.
“Ella no ve mucha luz”, dice una voz familiar. Y luego de un momento es que me doy cuenta, “Esta voz es de Gloria” y un segundo después río pensando en lo chistosa que se escucha su voz ahora que ha crecido.
“Bien” digo, “¿Y ahora que hacemos?”
“Siempre está la Suerte” –la plaza donde Sofía y yo nos conocimos en aquel concierto- ella dice, de nuevo río, y ahora es Sofía la que ríe como si acabase de recordar como, como si las cosas buscaran un cambio.
La lluvia ligera cae, brillante en el césped en la media luz. Sigo a Gloria, primero con mis ojos, entonces con el resto de mí cuerpo, estirando zancadas largas en mi camino a la Suerte. Y después de un rato veo un letrero que se supone se debería decir “Pesares ‘campo de juegos’” – pero donde la palabra “Juego” debería de estar, la palabra “sueños” está escrita con pintura blanca. me imagino a mi pequeña Gloria pintando el aviso.
Todo esto me ha puesto a pensar, la lluvia es buena y el césped que pisamos es verde, y sé que suena cursi pero la de Gloria es una sombra que yo no he visto en años.
“Ven” Gloria dice girando sobre sus pies, con las palmas arriba, “No todo se ha perdido”
El cielo esta claro aunque iluminado por un sol no tan vivo. Corro a ella y la levanto como la bolsa de huesos que es y la echo en el aire una vez más. Pensando, cómo, con suerte, la podría tirar fuera de aquí, a algún lugar diferente, alejarla de pesares a un lugar donde no bulla la sangre de este par de locos que corre por sus venas y encuentre algo mejor que este pueblo en detrimento.
“¡No tan alto!” Me grita, escucho sus gritos con la delicia de que ella no puede hacer nada sino solo gozar su vuelo. Y la tiro más alto y más alto todavía. En el aire, el cabello se suelta de su moño y cae libremente, haciéndole cosquillas al cielo azul que se ensancha encima de nosotros. Gloria ha alcanzado el sol…
…y finalmente, la alegría.